Desmembrar lo que ya existe

Lapicero

Cuando presenciaba la clase de creatividad del curso PIPE que estoy llevando a cabo, un profesor nos comentaba sobre preguntarnos porque las cosas existen como existen y porque se les da ese determinado nombre. En el momento en el que queremos crear algo nuevo, tenemos que “despojarnos” por decirlo de alguna manera, u olvidar el objeto en sí, para poder hacerlo de otra forma, mejorarlo, con otro beneficio o para otro segmento que no se nos huniera ocurrido que tenia una funcionalidad.

Desmembrar un objeto, o proceso para poder hacerlo mejor. Muchas veces pasa que cuando estamos pensando en un nuevo producto o servicio, no nos damos cuenta que estamos incoporando en este procesos o diseños que ya se usan, y detenerse a pensar en porque se elijió ese diseño para ese contexto específico te lleva a la pauta de si es necesario en el tuyo o tenes que afinarlo para que maravillosamente la armonía fluya en la nueva creación.

Hace unos días leí una historia/poema que refleja toda esta situación que concidero de vital importancia si estamos creando, pero mucho más para la sociedad en la que habitamos, en la cual todo avanza tan rápido y no nos detenemos a analizar. Aveces la falta de análisis es por tiempo, y otras por un gasto de energía que no todos estamos dispuestos a afrontar.

La senda de la vaquilla

Un día a través de un bosque tupido
una vaquilla a su hogar retornó,
dejando tras de sí un rastro retorcido,
sinuoso y ondulante pues mucha vuelta dio.

Desde entonces tres siglos han pasado
e infiero que la vaquilla ya muerta está,
pero una débil senda dejó como legado,
y de allí la moraleja que se os relatará.

Al otro día ese mismo rastro siguió
un perro solitario que por esos lares cruzó.
Y luego una sabia oveja mansa y su rebaño
reforzaron el rastro año tras año,
y a lo largo del bosque una senda se formó.

Muchos hombres por la senda serpentearon,
trastabillaron y por sus curvas marcharon,
y protestaron con muy justificada ira
por ser esta una senda retorcida;
pero aún así siguieron -no os riáis-
el rastro que dejó nuestra amiga vaquilla,
y por esta senda boscosa caminaron,
volteando como volteó al pasar la ternerilla.

La senda del bosque se transformó en camino,
con curva tras curva y aun otra curva sin tino;
este camino sinuoso carretera pasó ser,
y con sus cargas los caballos la transitaron
desde el amanecer hasta el anochecer.
Y recorrieron en tres lo que debía ser una milla,
y así durante centuria y media
siguieron el rastro de la tal vaquilla.

Los años pasaron con rapidez,
y la carretera calle de pueblo llegó ser.
Y luego, sin que nadie siquiera lo advirtiera,
concurrida vía citadina logrose volver.
Pronto fue la avenida principal
de una muy famosa villa;
y en dos siglos y medio los hombres
siguieron el rastro de la tal vaquilla.

Todos los días cien mil en estampida
imitaron el deambular de la vaquilla,
y este camino tortuoso fue recipiente
del tráfico de todo un continente.

Cien mil hombres guiados van
por una vaquilla muerta tres siglos ha,
siguen aún su senda retorcida
y pierden cien años cada día,
pues tal es el respeto supuestamente debido
a un precedente tan bien establecido.

Y es que los hombres tienden a marchar sin ver
por las sendas de vaquillas impresas en su ser,
y trabajar de sol a sol sin descanzar;
haciendo lo que otros han hecho ya.

Siguen las sendas conocidas,
vinene y van, e inútiles vueltas dan.
Pero aún así doblan por sus curvas retorcidas
para no desviarse del sendero trazado por los demás.

Convierten la senda en un surco sagrado,
y por él transitan su existencia rutinaria.
¡Cómo reirán los ancianos diosos del bosque
que saben de esa vaquilla originaria!

– Sam Walter Foss, 1895

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